El uso exhaustivo de las redes sociales en la actualidad se ha convertido en un componente omnipresente de la vida cotidiana del siglo XXI.
Contemplas a tu alrededor y todas las personas disponen de un dispositivo electrónico en sus manos, con ojos pegados a las pantallas y los dedos moviéndose de manera constante. Este suceso es acontecido en cualquier lugar: en el metro, en la calle, en la universidad, incluso, desafortunadamente, conduciendo.
Te trasladas a tu destino en transporte público y en la mayoría de ocasiones, en lugar de visualizar los rostros del resto de pasajeros, únicamente visualizas una cabeza agachada y unos dedos escribiendo o haciendo scroll en TikTok.
No obstante, no es preocupante el hecho de enviar mensajes a otras personas. La preocupación reside principalmente en la incapacidad de despejar la vista del dispositivo durante toda la hora del trayecto. Estas situaciones surgen hasta tal punto que hay personas que, ajenos a su realidad externa, no son conscientes de la parada en la que se tienen que bajar, llegando así incluso a perderla por no estar prestando atención a su propia realidad. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a normalizar que la tecnología se apodere de nuestras acciones?
En este contexto, las redes sociales ocupan un lugar trascendental en nuestra cotidianidad. Para millones de personas, plataformas como WhatsApp, Facebook, Instagram, TikTok, X o LinkedIn -entre otras- son herramientas indispensables para comunicarse con sus seres queridos, acceder a información, buscar empleo o, simplemente, como medio para el entretenimiento. En numerosos casos constituyen la primera ventana al mundo al despertar y el último estímulo antes de dormir.
Así, Mental Health Europe (MHE) ha llevado a cabo un análisis sobre los principales riesgos y oportunidades asociados a la digitalización de la atención en salud mental. Conviene subrayar que esta evaluación no pretende decidir si debemos confiar o no en las soluciones digitales, sino más bien fomentar una comprensión crítica de sus implicaciones. La tecnología, por sí misma, no es intrínsecamente beneficiosa ni perjudicial; el impacto que genera depende de cómo se implanta, gestiona y regula.
Es innegable afirmar el potencial tecnológico como instrumento de transformación social. Las redes sociales permiten una amplificación de causas relevantes y difusión de mensajes en cuestión de segundos, alcanzando así a públicos que los medios tradicionales difícilmente cubrirían con tanta rapidez. Gracias a ello, campañas de sensibilización, iniciativas solidarias o movimientos sociales pueden cobrar una visibilidad sin precedentes.
No obstante, este fenómeno también entraña riesgos que no deben subestimarse. Diversos estudios han evidenciado una relación entre el uso intensivo de redes sociales y un mayor riesgo de padecer depresión, ansiedad, sentimientos de soledad, autolesiones e incluso pensamientos suicidas. Estas plataformas fomentan, además, dinámicas de comparación social que alimentan el miedo a quedarse al margen y que pueden deteriorar la salud mental al influir negativamente en la autoestima, la imagen corporal o el estado emocional general.
En definitiva, es imprescindible que el ser humano disponga de un uso controlado de la tecnología pero con el objetivo de no ser absorbidos por una realidad virtual que nos haga ajenos a todo lo que sucede a nuestro alrededor.
Eva Prieto Segura.
Socióloga y Trabajadora Social.




