¿Hasta dónde llega el respeto cuando hablamos de ideología?
¿A cuántas personas nos da pereza a veces acudir a una comida familiar por culpa de los ideales de algunos de sus miembros? Es evidente que no todas las personas podemos pensar del mismo modo ni estar de acuerdo en todo, vivimos en una sociedad diversa y plural, eso implica aceptar que cada persona tiene su propio pensamiento. El respeto hacia las decisiones y opiniones del otro debería ser la base de cualquier convivencia. Pero surge una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando ese pensamiento va directamente en contra nuestra?
En numerosas ocasiones se tiende a comparar este tipo de diferencias con rivalidades deportivas. Por ejemplo, el clásico derbi entre el Sevilla y el Betis. A unos les gusta un equipo mientras que a otros el contrario. Es una rivalidad histórica que, aunque genere resentimiento, no impide entender que ambas opiniones son igual de válidas. Al fin y al cabo, son gustos personales, y también es positivo que seamos diferentes.
Ocurre lo mismo con equipos como el Barça y el Madrid. ¿Por qué una persona del Barça no quiere que gane el Madrid? Porque es su rival. No obstante, si en una cena familiar tus primos son del Madrid y tú del Barça, lo lógico es respetarlo. El pique debe ser sano y nunca basarse en el insulto o el desprecio por pensar distinto.
¿Rivalidad futbolística o social?
Ahora bien, ¿es comparable esa rivalidad futbolística con la ideología? La respuesta es clara y concisa: no. No es lo mismo opinar sobre quién debería ganar la liga o un partido, que posicionarse a favor o en contra de los derechos humanos. Podemos discrepar sobre los equipos de fútbol, si te gusta la pizza con o sin piña, si tú color favorito es el rosa pero el mío es el morado, pero no sobre nuestros propios derechos. Ahí la comparación carece de sentido.
Los datos refuerzan esta idea. Según la organización More in Common, el 14% de la población española reconoce haber roto alguna amistad tras discusiones políticas en el último año, y el 60% asegura evitar hablar de política para no discutir. Una de las razones, según la socióloga Marga Calleja, es la confusión entre hechos y opiniones: “Considerando verdades categóricas a simples opiniones personales que, desde la esfera de lo personal, se permite el insulto, la banalización y el odio”.
En relación con esta situación, surge el anuncio navideño de Campofrío, girado en torno a la polarización social. “Lamentablemente para todos llegamos a la Navidad más polarizada de nuestra historia”, afirma la campaña, protagonizada por figuras como Carmen Machi, Salva Reina, Henar Álvarez, Cristina Pardo o Ana Rosa Quintana. El mensaje parece claro: “no se habla de política”.
Sin embargo, ¿qué significa realmente no hablar de política? No hablar de partidos o siglas puede ser comprensible, pero demonizar la polarización es otro asunto distinto. Porque, aunque no queramos admitirlo, todo es política. Cuando en una reunión familiar solo las mujeres recogen la mesa mientras los hombres permanecen sentados, eso es política. Cuando una sobrina señala esa desigualdad, eso también es política.
La problemática radica en que en numerosas ocasiones se nos pide callar para no incomodar. El anuncio de Campofrío, en cierto modo, invita a aguantar en silencio las barbaridades que suelta el cuñado de la familia sobre denigrar a las mujeres, al colectivo LGTBIQ+ o a las personas migrantes. Porque si te atreves a decir que lo que está diciendo está mal, serás tú quien “rompa el ambiente” y genere conflicto.
Quizá el verdadero conflicto no sea hablar, sino normalizar el silencio ante discursos que atacan derechos y dignidades. Respetar no significa permanecer en silencio siempre, y convivir no debería implicar aceptar la injusticia para mantener una paz familiar completamente artificial.
Eva Prieto Segura.
Socióloga y Trabajadora Social.




